lunes, 1 de enero de 2018

Una de esas estúpidas entradas de propósitos de año nuevo

Sí, una entrada de estúpidos nuevos propósitos.
Nadie dijo que no cayera en los amorosos brazos de los tópicos o que no fuera estúpido.

1. Escribir más en los blogs. Ja, ja, ja. Ya sabemos cómo acaba eso.

2. Leer viejos bestsellers ahora casi olvidados. A saber...


Todo con su correspondiente comentario y si lo hay, visionado de la película que dio origen. Y otros que puedan ir surgiendo y que me puedan recordar.

3. Intentar ver más cine.
Y si puede ser, profundizar más en el cine pre-code, en el fantaterror, en el slasher y en la serie B en general.

4. Volver a leer esos blogs que me gustan, me interesan, pero que sin querer se han ido quedando en el camino por ese ser mitológico llamado "falta de tiempo". Aunque sea sentado en la taza del water y luchando porque la niña y los gatos se quedan fuera, volveré a vosotros.

5. Ser mejor librero.
A veces me puede el desanimo por cómo está el mundo del libro, pero intentaré recuperar eso que me hacía tan feliz de mi trabajo. Leer, recomendar, sorprender. Y poner especial atención en los jovenes lectores.Y si hace falta parar todas las balas que sean necesarias para protegerlos.

6. Escribir.
Y lo más importante, acabar algo.

7. Otros que iré apuntando en esta entrada a lo largo del año.
Ahora no más que tengo que ir a hacer la comida.
El mundo extrablog no perdona.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Una serie de preguntas así lanzadas al aire

¿Cómo puede una persona mantener su fe en la humanidad o en un futuro mejor si se encuentra un día la mesa de novedades llena de gargajos verdes o escupitajos menos intensos, pero no por ello menos asquerosos?

¿O que alguien con una vida, con su respiración, sueños, risas y amigos se dedique a pegar chicles en las contraportadas para por el mismo precio, joder dos libros?

¿Cómo puede alguien que un día fue niño y sintió el amor de unos padres y el cariño de unos abuelos pisar una mierda de perro y entrar en una librería para limpiarse con los libros?

¿Cómo puede alguien que ama a sus hijos y les está enseñando a ser empático, generoso, proteger a los marsupiales andinos dejar que uno de sus retoños orine en la sección de ciencias y no decir nada a libreros?

¿Acaso no sabe que en las librerías hay lavabos y que dejamos que los niños los utilicen si hay emergencias? ¿O acaso se ha creído la leyenda urbana que dice que los libreros vamos por el mundo sondados?

Cosas que han pasado en la librería donde trabajo o en alguna librería amiga.

¿Llegará el día que pueda sentarme y leer en la librería?

martes, 8 de agosto de 2017

De cuando fui a una piscina municipal y de las cosas asombrosas que allí acaecieron

Hace un par de semanas fui a una piscina pública.
Dicho así no es gran cosa. Mucha gente va a diario a piscinas públicas y no presume de ello. Como mucho hacen fotos de sus piernas y dicen cosas como aquí sufriendo o qué bien el verano.
Pero para quien me conoce bien sabe que es un hecho extraordinario que yo haya ido de forma voluntaria, sin coacción (¡Si no vas te rajaremos el muñeco de Jason!) y de forma libre a una piscina. Se sorprenden, jalean y se ríen de un servidor porque yo en ese espacio, pues como que no (y aquí otra muestra de mi verbo florido y basta retórica... acabar una frase con un "como que no". Claro que sí, como manda Jovellanos, leñe).

Total, que fui. Con A., Niño Lobo (que está entrando en la preadolescencia y pronto tendré que buscarle un nuevo nombre), Niña Zombi y la recién llegada Niña Dragón. Bajo un sol de justicia, caminando cual familia de dothrakis en el exilio de la Madre de Dragones por un yermo paraje, dejamos Igualada y nos fuimos a las piscinas de Vilanova del Camí. Camino del Rec parriba o pabajo, que ahora no me ubico.

Creo que esto es una imagen de las piscinas, pero no estoy muy seguro.

Llegamos, pagamos la entrada y buscamos sitio a la sombra. Los niños se despojaron de ropaje y en bañador se lanzaron como animales rabiosos al agua. La nena pequeña, igual. A sus dieciséis meses y sin conocer el miedo, hacia la piscina seguida de la hermosa A., cuerpo y presencia imponentes. Y un servidor, tras pasar por los vestuarios para ponerse EL bañador (solo tengo uno y es azul y feo y como con flores o algo que parecen flores, pero podrían ser elefantes o teteras), se quita la camiseta y un resplandor estalla en la piscina. Como si mil ángeles hubieran enseñado a la vez sus posaderas. Como mármol de carrara limpito limpito. Como el suelo recién fregado que te lo miras y dices, pero qué bien ha quedado. Un estallido de luz que venía de mi piel blanca, inmaculada, impoluta. 364 días que el sol no había tocado mis redondeces, mis turgencias y curvas que ya quisiera para sí algún póster central. El sol se reflectaba en mi cuerpo y rayos cegaron a un par de incautas ancianas que miraron a ese buen mozo de huesos anchos y bien comido. Sus cansados ojos no estaban preparados para ese resplandor níveo coronado por la marronez sensual tirando a provocadora y turbadora de unos pezones, mira, bien hechos.

Vamos, que me quité la camiseta y fui al agua con la nena pequeña. Todo eran risas y juegos en la piscina para bebés. El agua caliente por el sol y la orina de tantos críos pequeños algo asalvajados. Ella con sus pasos torpes y risa contagiosa por estar dentro del agua chapoteando con su padre. Felices. Había sido una buena idea esto de venir con los nenes a la piscina y todo eso de la sonrisa del niño como pago de bla, bla, bla.

Hasta que apareció él.
Él.
El niño con la pelotita.


De unos tres o cuatro años. Mirada aviesa y taimada. Con el típico movimiento mandibular del que se ha metido entre pecho y espalda tres sobres de azúcar y seis redbulls mezclados con cocacola y estimulante testicular para caballos. Se me pone justo al lado y mirándome con los ojos enloquecidos del que se ha escapado de un sanatorio mental aprovechando un apagón durante una tormenta eléctrica, me dice:
- Tengo una pelota.
- Pues vale - digo yo.
Y sigo a lo mío, que en ese momento es evitar que en su entusiasmo, Niña Dragón se ahogue.
- Mira mi pelota - insiste poniéndose justo delante de mí.
- Que sí, muy bonita, pero aparta que no me dejas estar por el bebé.
- Pelota.
- Ajá.
Y me la tira a la cara.
Sin mediar provocación. Si haberle enseñado los huevos diciendo que eso es lo que comió su madre anoche. Sin hacer gestos obscenos o reírme de él. Nada.
A la cara.
Falló, claro.
- Vigila, que casi me das.
- Con la pelota.
- Sí, con la pelota. Casi me das.
Va a buscar la pelota y se vuelve a poner demasiado cerca. Yo andaba nervioso por estar vigilando a un bebé de dieciséis meses que no intuye peligro y al que le encanta el agua. Si me ponía de pie, el agua me llegaba a las rodillas por lo que estaba medio sentado en la piscina, desplazándome con las manos y poniendo freno a la cría con las piernas para que no se fuera ella sola, como se suele decir, a lo hondo.
El niño de la pelotita se separa un poco de mí y pienso que se ha dado por vencido.
Me concentro en Niña Dragón.
La pelota pasa rozándome la nariz.
- Te he tirado la pelota a la cara.
- ¿Quieres parar con la pelotita, niño? - dije en un tono irritado mezcla de Cassen y López Vázquez.
El niño va a buscar la pelota y vuelve.
- ¿Por qué no te vas a jugar a otro sitio?
No dice nada. Solo sonríe. Sostiene la pelota en sus pequeñas manos y me sostiene la mirada. Su sonrisa se hace más grande y perversa. Su ojos que dejan de serlo para convertirse en lagos helados que esconden animales muertos y putrefactos. Mira a Niña Dragón y le tira la pelota a la cara.
A la niña.
Dieciséis meses.
A mala leche y a hacer daño.

Resulta curioso comprobar en las propias carnes como la civilización nos ha domesticado. Como siglos de convivir con el prójimo y aguantar sus malos olores, su afición a las marchas militares, las lavadoras a las cuatro de la mañana o cantos desgañitados de éxitos musicales de los noventa han calmado a la bestia iracunda y violenta que todos llevamos dentro. Lo comento porque mi primer impulso al ver que el niño le lanzaba la pelota a Niña Dragón fue pillarlo por el cuello, meterle la mano en la boca hasta alcanzar el estómago y darle la vuelta para que sus entrañas se tostaran al sol.

No lo hice, claro.
Y más teniendo en cuenta que no dio a Niña Dragón que siguió feliz en el agua.
Por poco. Muy poco, pero no le dio.

- ¿Quieres largarte? Deja en paz al bebé o te tragas la puta pelota.

El niño se reía mientras recuperaba su pelota y volvía con ella a apuntar a Niña Dragón. ¿Qué debe hacer uno ante esta situación? Hay quien apuesta por dejar que los niños resuelvan sus conflictos solos, pero en este caso no hay igualdad. Hablamos de un bebé de dieciséis meses contra un niño de cuatro años. La violencia no es la solución. ¿Hablar con él para que lo entienda? ¿Qué se puede hacer cuando te encuentras cara a cara con un crío tocapelotas que viene a joder y a molestar?
No llegué a resolver la duda porque la abuela del niño vino a la piscina diciéndole algo así como deja al señor en paz y vente conmigo que a mí sí me puedes tirar la pelota.

Pudimos continuar el baño en la piscina, pero ya no estaba tranquilo. Veía niños y pelotas por todas partes y ni siquiera los ritos amorosos de los adolescentes me hacían gracia... bueno, mentira, ver los abismos de idiotez que llegan los muchachos para que el grupito de chicas les conceda una mirada es divertido..., pero ya no tenía el encanto de otras veces.

Cuando se lo expliqué a A. me dijo que seguramente el niño tenía una falta grave de atención y era la única forma que tenía de comunicarse con el exterior. Lo que yo me pregunto es, ¿es la falta de atención lo que le convirtió en un gilipollas o no le hacen caso porque siempre ha sido un gilipollas?

El día acabó sin más incidentes. Los nenes se lo pasaron muy bien, Niña Dragón disfrutó horrores, se puso ciega de helado y se pegó una siesta de premio, A. pudo bañarse tranquila y jugar con los mayores porque otros ojos estaban por la pequeña y yo disfruté del tiempo de estar con los mayores y con la pequeña. Y puse el contador a cero. Pueden pasar otras tantas décadas antes de volver a la piscina y ponerme mi bañador azul de cosas.

Poco podía imaginar que unas semanas después volvería a enfundarme el bañador para ir a la playa a pasar el día. Pratchett y Theron benditos, la paternidad ha hecho estragos en mí.

jueves, 27 de julio de 2017

No escribo porque estoy en campaña de texto y me deja hecho un asquito

Siento el silencio.
Es lo que tiene estar secuestrado felizmente por un bebé de casi dieciocho meses.
Y lo que tiene la temporada de texto, que te deja agotado y hecho un guiñapo al acabar el día y lo que menos me apetecía era ponerme a escribir en cualquiera de los blogs. Solo quería llegar a casa, quitarme los zapatos y leer o ver algo mínimamente inteligente y que me trate como una persona.

¿Y qué tal la temporada de texto?
Pues como todos los años.
Agotadora.
Pero te encuentras personajes interesantes.
Desde el abuelo que grita a los cuatro vientos que tiene disfunción erectil y que está orgulloso de ello, hasta la lectora que se emociona porque encuentra la última novela de Concha Perea. Desde el niño al que compran su primero libro hasta quien te agradece una recomendación hecha.

Y ella.
Acompañada de su hija que le enseña un libro que quiere.
- ¿Quieres este libro?
- Sí.
- Como no te vea leer cada noche no te compro otro mierda libro en tu puta vida. Ni en mi puta vida. Cada noche. Como no te vea leer cada noche te la cargas y no te compro otro libro en tu puta vida. ¿Lo oyes? En tu puta vida.

Y así es como alguien motiva a sus retoños a leer.
Por San Pratchett y Santa Theron, que yo no sea nunca sí.

jueves, 22 de junio de 2017

Cuatro días de asueto...

... y la intención es hacer muchas cosas, pero...
... entra el factor niña (y dejo los puntos suspensivos que esto no es una novela de Albert Espinosa).

Por x motivos tengo cuatro días festivos seguidos, lo que no es muy usual. Y siempre hago planes.

- Acabar de rever la segunda temporada de Twin Peaks antes de ponerme con la tercera.
- Ver alguna de las películas de cine negro de serie B que tengo guardadas para cuando encuentre hora y media.
- Leer y hacer que esa maldita pila de libros pendientes mengue un poco.
- Cocinar algo nuevo.
- Paseos tranquilos.
- Ordenar la casa que está hecha un pequeño desastre, pero, claro, con siete seres vivos aquí dentro qué queremos.
- Colgar los pósters nuevos por la casa. Decidir qué se cuelga y dónde se cuelga. El de Wonder Woman es fijo, los otros tenemos que decidirlo.
- Leer algo que supere las ochocientas páginas. Me da igual si es fantasía, drama social en Nueva York, terror de susto y no quiero seguir leyendo o clásico del XVIII con sus doncellas acosadas, sus galanes egoístas y su estilo epistolar (sí, hace tiempo que pienso en releer Pamela. Mira tú, con la de cosas que hay para leer).
- Otras cosas que vayan surgiendo.

Pero, claro, todo estoy topa con una férrea resistencia llamada niña de dieciséis meses que camino a punto de aprender a correr y todo lo que está a mi alcance es para tocar y qué divertido que es esto de pintarme en la barriga.

Todos los bonitos planes destruidos por una bebé que no entiende que mi té es mi té, no su té y que no tiene edad para beber té y que lo dejes, coño.

Surgen otros, sí, como lo de ir mañana a la piscina (ya os contaré. Y sí, odio la piscina), pero de los que me he propuesto me gustaría cumplir uno, solo uno. Creo que no es pedir demasiado. Aunque antes tendré que pedir permiso a la nena si le va bien o prefiere volver a mirar el dichoso cuento de En Pinxo i la orquesta; apasionante historia de un perro vestido de rojo que acompaña a una orquesta para un concierto secreto en el bosque. No sé qué sentido tiene reunir a toda una orquesta en un bosque porque el libro no da más detalles. Ignoro si viven en un mundo donde la música de Saint-Saens está prohibida o si es una secta extraña de músicos templarios, no sé. Seguro que en la próxima media hora volverá a leerlo.